404 La ruta del oro verde - El Punto Semanal

La ruta del oro verde

De aguacates se debería hablar más y menos de balas. Cuentan los periódicos, los de aquí y los de allá, que en sus vastas tierras silban de forma constante, un cuento aterrador de narcos que al primer párrafo funciona de forma automática para ahuyentar a los que sienten curiosidad por descubrir.

Pero como ya suele ser norma en estos casos, detrás no hay nada o casi nada, un porcentaje diminuto de posibilidades que sirve para ocultar un magno espectáculo. Es un viaje al corazón de México que todo el mundo debería permitirse, un despliegue agrícola y colonial que impresiona, poco publicitado de forma injusta, menos que Acapulco o Puerto Vallarta, pero mucho más en el fondo. Para mar y playa siempre hay tiempo.

Esto es un viaje por otros tiempos, por costumbres que llevan siglos enclaustradas en su esencia y que ni siquiera el paso avasallador de la conquista logró erradicar. Es un paseo por la evolución, del viaje de una fruta con una textura peculiar que se acabó convirtiendo en una cultura millonaria, la segunda más prominente de un país que se anda levantando para frenar el flujo de inmigrantes hacia el socio capitalista del norte.

“Cada vez se marchan menos”, explica Deborah, una incansable guía local afincada en Morelia, la capital del estado de Michoacán. “Hay trabajo y en Estados Unidos ya no están las cosas como antes. Suficientes motivos para quedarse”.

Luego, con el transcurso de los días, sobran motivos para entender las palabras de Deborah. México tiene vida en todas sus esquinas, en las nuevas y las desgastadas, en los pueblos en los que se adivina el orgullo por el trabajo y por sus productos, en especial por el oro verde que marca la ruta.

Son carreteras modernas las que lideran la primera parte del camino, rumbo a Uruapan, centro industrial de una de las procesadoras de aguacate más grandes del mundo.

Dentro las caras solemnes culminan una cadena que empieza en el campo, en las inmensas fincas con sus árboles repetidos, mezclados con pinos de bosque que hacen de aquello un paisaje saneado.

César representa la parte inicial de la cadena. Su maestría con la cesta, equipada con bolsa y cuchilla al final, acelera un proceso manual, el de la recogida de los frutos. Uno por uno caen del árbol, gloriosos e inmensos, listos para llegar hasta las costas de Japón o Estados Unidos.

Algunos se quedan en México, los que tocan la tierra rojiza y  volcánica de la finca y que ya no pasan las estrictas medidas sanitarias de los estadounidenses.

“En realidad están en perfectas condiciones, pero son cosas de los mercados”, dice Carlos Gemel, el orgulloso dueño de una de las huertas de aguacate más grandes del país, Agua Blanca.

También lo está de su gusto por el vino, el tinto español de Rioja o Ribera de Duero, “aunque prefiero Ribera”, confiesa con una sonrisa. Va bien con cualquiera de los platos de aguacate que piden en el restaurante, como el tartar de tuna y aguacate, el salmón con caviar y aguacate, brochetas con salsa de aguacate, la créme brulée de aguacate y el martini de aguacate, por no hablar de la miel, también de aguacate, por supuesto.

“Colgamos las colmenas de los árboles en la huertas y se produce una miel de una textura, un color y un sabor diferentes”, explica Enrique, el inesperado cortador de aguacates que espera a sus huéspedes con el cuchillo en la mano (sin acritud), abriendo media docena sin pensarlo e invitando a acompañarlos con las tortillas.

La gloriosa miel de Michoacán, como todo lo que tiene que ver con el aguacate, se vende en pueblos cercanos y en otras partes del país. No en vano, el oro verde que todos veneran en esta región solo es menos que la cerveza como industria. En total, mueve 800 millones de dólares al año.

Morelia, el centro neurálgico de la ruta, vive de eso en gran parte. Aunque la ciudad es otro cantar, urbe de contrastes, orgullosa de su corazón colonial donde ebulle la actividad. Circulan las motos, la gente toma café en las terrazas y siempre dan ganas de salir a explorar, de echarse una ‘chela’ en una de sus muchas placitas, una Victoria, una de las cervezas nacionales que más se piden en Morelia.

Después quedan los pueblos como Patzcuaro, imponente y colonial con su iglesia y su convento marca de la conquista. Allí, no comprar artesanía, un juguete de madera o unos pendientes de los artistas locales, resulta tarea complicada.

Pero me quedo con Santa Fe de la Laguna por su humilde discurrir y sus gentes detenidas en el tiempo, unidas  por su idioma ancestral, el purépecha, de ancianos a niños.

Es sábado y el silencio pronto se rompe con una orquesta que cierra la comitiva de una boda por todo lo alto. Los novios salen por el portón de madera que delimita el predio de la iglesia colonial con el gesto serio, ante la mirada de las mujeres indígenas, ataviadas con mantones tejidos a mano.

Unas calles más abajo, Doña Inés ha terminado de servir un banquete para los huéspedes que la visitan en su pintoresca casa rural. Tortillas rellenas de frijol, huevos a la mexicana, nopalitos compuestos, carne de res encebollada, cervezas heladas para la cruda, atole de zarzamora, café de olla, chilaquiles, y como no, aguacate bien cortado. Siempre aguacate.

 

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