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Un pueblo contra McDonald’s

En Loma Linda, donde no se puede fumar ni comprar alcohol, la apertura de una hamburguesería ha desatado un profundo malestar

Loma Linda against McDonalds

Eddie Jara y Sylvie Wellhausen

En Loma Linda, California, fumar y beber está mal visto. Más que eso, está prohibido. Desde hace casi tres décadas nadie osa a encenderse un cigarillo, ya sea en un local cerrado o al aire libre, y las famosas licorerías que imperan en el resto del país y que Hollywood se ha encargado de popularizar durante años, no existen.
Por eso, en esta localidad de 21,000 habitantes, controlada en su mayoría por miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, la idea de acoger un McDonald’s es poco menos que escandalosa, al menos para los más progresistas del lugar. Acabarían con su récord inmaculado, establecido por la revista National Geographic, de “zona azul”, designado para localidades donde sus habitantes viven más que la media, algunos pasados los 100 años de una forma saludable.
En el mundo sólo existen cuatro de esos lugares, Okinawa, en Japón, Cerdeña, en Italia, Nicoya, en Costa Rica, y Loma Linda, donde, sin embargo, la posibilidad de introducir un McDonald’s en la economía local seduce a algunos políticos por los puestos de trabajo y los impuestos adicionales que supondría.
El Concejo de la ciudad ha dado el primer paso al votar, por 3 votos contra 2, a favor de la llegada de ese restaurante dentro de un plan urbanístico para dar cabida a nuevos negocios. Alegan que los impuestos que genere la hamburguesería les vendrán bien y que, amparados en un discurso libertario, no son quién para interferir en la cultura del libre mercado de la sociedad capitalista que veneran.
Desde el gigantesco emporio, que da empleo a 400,000 personas en todo Estados Unidos y que el año pasado cerró con un beneficio neto de 5,503 millones de dólares —un 11 por ciento más que el año pasado—, aseguran que añadirían una “experiencia gastronómica contemporánea al pueblo, además de impulsar el crecimiento económico”, de acuerdo a John Lueken, director regional de McDonald’s en el sur de California.

Años de edad en Loma Linda versus el resto del país

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Sin embargo, las voces médicas del lugar, que son muchas y el orgullo de la localidad con más de 600.000 pacientes atendidos el año pasado en sus varios centros médicos, dicen que no es un argumento convincente por parte de una cadena cuyos menús dificilmente bajan de las 1.200 calorías. “Tratar de decir que la comida de McDonald’s es sana es como incorporar cinco miligramos de Vitamina C en un cigarrillo”, apunta con Sylvie Wellhausen, una francesa miembro de la Coalición Saludable de Loma Linda.
Para combatir su posible efecto, grupos médicos esperan que se apruebe una ley para evitar la proliferación de restaurantes de comida rápida y lograr, de paso, que no se dañe la límpida imagen del lugar con uno de las clásicos arcos dorados que pueblan la geografía del resto del país.
Pese a su lucha, los médicos del lugar lo ven, de alguna forma, como una causa perdida contra un monstruo, en parte por los intereses económicos y por el poder intimidatorio de la cadena de hamburguesas. Está además la indiferencia de los que ignoran la existencia del problema, ciudadanos que viven ajenos al problema mas los que pasan todos los días por allí en dirección a Riverside, San Bernardino City y otras localidades colindantes.
Gente como Shandy y su marido Tom, dos comensales de un restaurante japonés que no saben muy bien qué decir cuando se les plantea la diatriba. “Ahí mismo tiene un Carl Jr. ¿Por qué no un McDonald’s?”, dice la señora apuntando en dirección a otra conocida franquicia de hamburguesas nacional. “Bienvenido a los Estados Unidos de América”, concluye desafiante.
Tampoco a la encargada del restaurante nipón en cuestión, Tressie, le parece mal que abran otro McDonald’s. “Así podré llevar a mi hijo y no tener que conducir hasta de Wal Mart de Redlands”, dice sobre el siguiente McDonald’s más cercano, a varios kilómetros de distancia.
Todo ello pese a que Wellhausen, versada en el asunto, apunta que hay cinco McDonald’s en un radio de 7 kilómetros. “No es que estemos restringiendo las ansias de McDonald’s de la gente”, explica. “Le aseguro que no tenemos un desorden emocional por el déficit de ese restaurante”.
El problema para Wellhausen y para Eddie Jara, otro doctor y miembro de la coalición de origen latino, es que el pueblo vecino, San Bernardino City, tiene una expectativa de vida 20 años por debajo de la de Loma Linda y 14 por debajo de la media del resto del país, curiosamente el lugar de nacimiento de la popular multinacional.
“El hecho de que hayamos identificado los motivos que hacen que nuestros vecinos vivan menos nos obliga a querer cambiar”, dice Wellhausen. “Es una cuestión de principios”.

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