Valiente en la lucha y en los negocios

el hijo del perro aguayo

El Hijo del Perro Aguayo era luchador y promotor en una profesión donde se expone la vida arriba del ring

Pepe Penales. Los Angeles

Pedro Aguayo Ramírez, un nombre y apellido que pesa en la lucha libre mexicana. El padre, el “Can de Nochistlán”, el Perro Aguayo, una leyenda viva del pancracio azteca que no tuvo el glamour de las estrellas enmascaradas pero que se ganó el respeto y la fama por su fiereza, su valentía, sus peludas botas de combate y su cara llena de cicatrices que le daban un aspecto todavía más feroz.

El júnior le heredó el nombre y la valentía. El “Perrito” debutó a los 15 años. Su destino estaba trazado para vivirlo arriba de la tarima. Lo llevaba en la sangre. 20 años de practicar una disciplina entre deporte y entretenimiento, pero donde sus participantes se juegan la vida además de las máscaras y las cabelleras. “En la lucha te rifas el físico al máximo. Expones la vida”, dijo el experto comentarista deportivo Alfonso Morales en una entrevista para ESPN.

Todo acabó para el luchador de 35 años. Una lesión en las cervicales terminó con su vida. Son gajes del oficio. Rey Misterio Jr. no es el culpable. Tal vez la empresa promotora que organizó la lucha en Tijuana al no tener listo al personal médico en caso de emergencia, algo que no debe fallar en este deporte de contacto ininterrumpido.

Era un perro sin dueño. Se cansó de las cadenas de las grandes empresas. Se hizo independiente y formó su propia promotora bajo el nombre de “Producciones Los Perros del Mal”. Trabajaba sin ataduras, donde él quería y sin rendirle cuentas a nadie. Y le iba bien, llegó a reclutar a varios gladiadores, organizó varios eventos. Hacía lo que quería y para lo que había nacido. Era un luchador nato, incluso ganándole un mano a mano al temible cáncer que lo retó en el 2011. Valiente en la lucha, en los negocios y en la vida.

Así es la vida de los luchadores, con patadas voladoras, candados y llaves en horas de trabajo, pero enfrentándose a los enemigos comunes de la cotidianidad. La gente los ovaciona y los quiere, pero también los odia y los insulta. Es parte del negocio, y mientras los de las butacas se embuchacan una cerveza y una torta y se emocionan con los lances, las luces, las máscaras y las cabriolas, los rudos y los técnicos se juegan más que la integridad física; pero no importa, de eso viven, de eso se nutren sus trabajados cuerpos. Hay que pagar derecho de piso para ver mejores escenarios, para alternar con las grandes figuras, para ser el ídolo de las multitudes. El Hijo del Perro Aguayo ya formaba parte de este círculo de ganadores y ya estaba abriendo camino para las nuevas generaciones.

La lucha libre está de luto. La gran familia de los costalazos y piquetes de ojos fue solidaria. Guadalajara recibió el cuerpo de un guerrero caído donde quedará para el recuerdo. Vendrán las medidas para extremar precauciones, se harán canciones en honor al “Perrito”, se organizarán homenajes en su nombre, se multiplicarán los dedos acusadores, pero lo cierto es que el cachorro ya no estará arriba del ring, se habrá convertido en un recuerdo que con el tiempo volverá a ser mencionado cuando la tragedia ocurra otra vez.

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